Con ganas de vivir…

La mañana era fría y nublada. Aquél último domingo de octubre debió ser, para Camilo, un día como cualquier otro, excepto porque ese domingo podría recibir más limosnas de lo acostumbrado.

Era el último día de la procesión de la veneradísima imagen del Señor de los Milagros. Desde la madrugada empezaron a llegar gran cantidad de devotos del Cristo Morado al Santuario de las Nazarenas, en la avenida Tacna, para escuchar misa y acompañar a la imagen en su recorrido. Llegaban también los comerciantes, vendedores de turrones, estampitas y rosarios, todos aquellos que aprovechan fechas especiales para vender sus productos.

Camilo no tiene piernas. Quizá prefiere olvidar como las perdió o no quiere hablar de su desgracia. Sentado en el suelo sobre un trapo sucio y maloliente, Camilo hace uso de sus manos y toca una improvisada batería, compuesta por dos tamborcitos y un platillo. Una botella cortada de plástico hace las veces de trompeta que lo acompaña en su número musical. Alrededor de él se aglomeran muchas personas que lo contemplan, unas con asombro, otras con simple curiosidad. Empieza la función. Una conocida canción de la Sonora Matancera es el preludio de otras canciones cubanas de su repertorio. Acabada su presentación su mirada, triste y vidriosa, recorre los rostros de sus espectadores. Una niña se acerca y deja caer unas monedas en su cajita de madera.

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Nueve de la mañana. De repente, una campanada aguda llama la atención del gentío. La misa ha terminado y está por iniciarse la procesión. Con prisa, las personas que acompañaban a Camilo, lo abandonan. Camilo no puede seguir la procesión. Tan sólo espera que aquellos que salgan de ella se acerquen a él y así pueda recibir una propina para  comprar algo que llevarse  a la boca.

Un vendedor de hígado frito deja caer un suculento pedazo de carne al suelo y es devorado rápidamente por un perro callejero. Camilo debe tener hambre.

-  ¡A sol! ¡A sol los anticuchos! -llama una robusta morena.

-  ¡Lleve caserito el rico turrón! ¡Cuatro soles el kilo! -anuncia un desenfadado anciano.

Posiblemente Camilo no haya desayunado

-  ¡Picarones! ¡Butifarras! ¡Turrones! ¡Emoliente! ¡Mazamorra morada!

Decenas de fieles que sólo han venido a la misa o piensan  acompañar a la procesión más adelante, disfrutan de los manjares que se venden en las calles.

Y Camilo sigue tocando. Algunas monedas más caen en su cajita. La procesión avanza y las sahumadoras entonan sus cánticos. La multitud lucha por tratar de tocar la imagen del Cristo. Costosas flores adornan sus andas. Camilo toca sus tamborcitos, se le nota fatigado pero debe continuar.

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Una de la tarde, es hora del almuerzo. La procesión ya está lejos de la Iglesia de las Nazarenas y, con ella, se fueron los clientes y también devotos. Seguramente Camilo habrá recibido más dinero, por lo menos algo más que otros días.

En la madrugada del lunes el centro de Lima es un basural, lleno de inmundicias, pétalos, platos descartables, papeles y otras masas viscosas indescriptibles. El Señor de los Milagros ha llegado a su morada y Camilo también debe estar en la suya si es que la tiene.

Pronto amanecerá y Camilo tendrá que darle duro a sus viejos tambores en algún lugar de Lima para seguir viviendo, quizá esperando que regrese pronto la procesión. Por ahora deberá cuidar sus tamborcitos que le proporcionan el sustento, sus tambores de vida…