La risa de la muerte amada

abr 25, 2005   //   por buho   //   Relatos Breves  //  1 Comentario


Siento que bajo su mirada triste y melancólica se esconde una personalidad misteriosa que quisiera descubrir. Sus palabras tocan mis oídos con suavidad, como acariciándolos. Un beso suyo es como un soplo de vida, pero un rechazo sería como recibir el edicto de la muerte.

Sus ojos brillaban, hacía falta una palabra, un susurro quizá, o una leve caricia para que las lágrimas humedezcan su tersa piel y cayeran cual gotas de rocío por sus mejillas. Pero no supo que decir. Se inmutó al tenerla a su lado, mirándolo fijamente, esperando. Ya era tarde. Los universitarios poblaban los paraderos. Y él estaba parado allí, como un idiota frente a ella, sin saber qué hacer. Cuando finalmente se decidió a confesarle todo, llegó su prima, se dieron un abrazo y se despidieron de él con una sonrisa.

La había perdido. Dos años de larga espera terminaron con un “no” desplegado de aquellos labios que él no llegaría a tocar. Por meditar tanto, preparar su discurso y esperar el momento propicio, otro se le adelantó en cuestión de días. Y él ni se dio cuenta.

Estaba sentada en los escalones de la entrada a la facultad. Hermosa como siempre, con el cabello castaño cubriéndole el infantil rostro. Sus manitas daban vuelta a las páginas de un libro que leía con mucha atención. Él pasó a su lado y quiso saludarla pero su orgullo pudo más y siguió su camino, pensando que algún día se atrevería a decirle cuanto la quería.

“Qué estupidez” pensó. Su orgullo, el maldito orgullo de autosuficiencia no le permitía acercarse con naturalidad a ella. Quizá porque antes se preparaba para no tener sentimientos, la milicia lo aguardaba y la guerra no es para los sentimentales. “Qué estupidez” pensó de nuevo, si era un ser humano como cualquier otro, sabía sentir y amar.

No encontraba la oportunidad de decírselo. Casi nunca estaba sola.

A veces prefería disimular y no se cruzaba en su camino.

Pero aquella tarde decidió esperarla.

Y no apareció.

El horrendo día llegó. Lejos de su alcance la vio pasar abrazada de un tipo alto, flaco y feo. Cerró los ojos un instante e imaginó que aquél afortunado (no por lo feo sino por estar con ella) era él. Rió soñando que la cogía de la mano y paseaban juntos. Su risa se tornó maquiavélica, melancólica, macabra. Nunca más volvió a estar triste, al menos eso parecía. Reía en todo momento. Poseía una felicidad fingida. “Está loco” decían sus amigos.

A partir de ese día ya no fue el mismo. Su locura tenía nombre, y su verdadero amor ya no era una mujer, sino un ser que es como el viento, que no se ve pero se siente: la muerte.Y la muerte lo visitó una noche.

Era invierno y la llovizna caía sobre la ciudad, cubierta por una densa neblina que le daba un aspecto fantasmal. Sus ojos se cerraron para siempre y sin saber que ella, la mujer que amaba, lo quería también, pero ahora era tarde y la nueva dueña de su corazón y su cuerpo era su amada muerte.

¡Muerte! A ti te quiero.
Ansioso te espero
para irme contigo,
y me des abrigo
en el sepulcro frío.
Solitario me río
de la vida pasajera,
la vida es y era
un mar de sufrimientos,
sin peces contentos.

Job Huaripata

1 Comentario

  • Me encantan las historias de la vida real con un poco de imaginación, espero que publiques mas relatos asi, amiguito dejar llevarse por ese mounstro de la fantasia es lo maximo.

    Saludos.

    Lili

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